sábado, 16 de diciembre de 2017

Un vidente

¿Seré un vidente?
Justo en la misma mañana que se desataron los disturbios por el centro de Buenos Aires, en el Congreso y en la Legislatura bonaerense, escribí lo que escribí en la entrada anterior.
Pero pensándolo bien, no es cuestión de tener muchas luces para darse cuenta del juego que está jugando la oposición en Argentina. Los tipos se empeñan en crear climas agobiantes, reproducidos hasta el infinito por los medios, tratando de volcar la opinión pública en contra del Gobierno.
No les importan los jubilados, ni los pobres, ni los indigentes, ni el país. Así fue durante doce años. En realidad, solo quieren el poder. Pero el poder se les va alejando cada vez más, con cada movida que realizan. Y lo saben. Por eso están tan encarnizados. Por eso también van perdiendo los límites. Cualquier cosa les sirve. Están violentos.

Habrá que aguantar un poco más. De parte mía apoyando contento este buen Gobierno. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Fin de año en Argentina

Soy un laburante. Empeñoso, metódico y sin medida en el esfuerzo. Las pocas cosas que tengo las hice trabajando honestamente. El progreso fue lento y sostenido durante más de treinta años.
Pasaron los gobiernos más dispares y el tipo (o sea el que esto escribe), como una hormiguita, haciendo lo suyo sin ninguna ayuda del Estado. Es por esto que me considero en condiciones de opinar sobre la realidad. No le debo nada a nadie.
Mis comienzos como profesional coincidieron con el triunfo de Alfonsín, al que, aunque no lo voté, supe defender incluso frente a sus correligionarios, cuando resignó el gobierno después de una crisis generosamente creada por la oposición peronista. Siguió Menem y su desfachatez, dejando una grave degradación moral en el país. Con él daba todo igual. Fue el prototipo del piola, canchero y mujeriego, cosa que no sería tan grave si no hubiera alentado la idea de que es lo mismo “un burro que un gran profesor”. De la Rúa tal vez fue producto del cansancio de la sociedad frente a tanta impudicia. Era un hombre serio y reflexivo, aunque falto de energía, al que también, el peronismo se lo llevó por delante. Después de la crisis de gobernabilidad que creó su salida, apareció Kirchner y con él (ellos), los doce años más tremendos de saqueo y corrupción de los que haya memoria. Se robaron todo. Y al estar la cabeza podrida, abrieron la puerta para que cualquier funcionario menor se sumara a la fiesta. Hasta se llevaron los muebles de los despachos que abandonaron en 2015.
Nuevamente la sociedad se cansó y llegó Macri a la presidencia. Y por fin veo alguien capaz de dar vuelta el país. Un hombre íntegro, honesto, inteligente y con ideas que trascienden el momento. Imagina un futuro grande y trabaja sin descanso para encaminar las cosas. Esta vez hay una cabeza sana y confiable, y una persona así, a la fuerza se rodea de gente parecida.
Por eso me da mucha bronca ver como se mueve la oposición política y los sindicalistas, tratando de destruir, desacreditar, impedir y molestar permanentemente. Es muy triste.
Ojalá este gobierno siga para adelante. Se ve que tiene mucha fuerza para aguantar tanta porquería.

   

martes, 12 de diciembre de 2017

Un regalo inesperado

El cerezo y la cereza

En el fondo de mi casa tenemos muchos árboles frutales. Van entregando sus productos en distintos momentos, así que hay frutas casi todo el año. Primero son las cerezas, y luego siguen las ciruelas, duraznos, membrillos, manzanas y por último los cítricos, que duran casi todo el otoño y parte del invierno.
Pero los árboles se enferman, y nuestro lindo y enorme cerezo, se llenó de bicho taladro. No hubo manera de curarlo. Le puse capsulas insecticidas en el tronco, lo fumigué, le fui sacando las partes afectadas, pero nada. El enemigo se lo fue comiendo por dentro, hasta dejar casi todas sus ramas huecas. El pobre me miraba como pidiendo ayuda, con esos ojos tristones que tienen los árboles, así que me decidí por hacer una cirugía radical y lo desarmé todo con la motosierra. Le dejé solo el tronco y unos pedazos grandes sin bichos. Pensé: ¡Y bueno! ¡Que sea lo que Dios quiera!
Cuando llegó la primavera, el enorme tallo empezó a brotar y pronto se llenó de ramitas y largó algunas flores.
¡Y se formó una cereza! Una única fruta que está allí madurando despacio como un regalo de mi buen árbol.
Seguro que me va a dar lástima, pero cuando esté bien madura me la voy a comer con ganas.




viernes, 8 de diciembre de 2017

Amenaza de muerte

Estábamos los tres sentados debajo del árbol grande, aprovechando su sombra generosa. Es lindo tomar unos mates después de la siesta en los días de más calor. Molestan un poco estás mosquitas que llaman Barigüí. Se vienen en manadas, y como son mordedoras, hay que tener mucha templanza para aguantarlas quietito.
Blackie y Tiger, la perra y el gato de la casa, tirados en el pasto y yo en una silla bajita.
-¡Va lindo! ¿Nó?- Dijo de pronto Tiger, un muchacho bien cazador de pajaritos y lauchas, pero que se mueve con la elegancia y pereza de todos los gatos.
-¿Qué cosa?- Preguntó Blackie, siempre atenta a los ruidos de la calle para salir ladrando a cualquier auto o moto desprevenida.
-¡La vida! ¡Por lo menos para mí! Tengo varios gatos amigos en el barrio, me muevo por donde quiero, duermo cuando me da la gana, si rasco un poco la puerta de la veterinaria me llenan el plato de alimento y hasta ahora nunca me enfermé de nada ¿Qué más puedo pedir?-
-¡Y sí! ¡Pensándolo bien tenés razón! Yo no tengo tanta suerte. Anoche me amenazaron de muerte-
Me cebé un mate espumoso y me sonreí divertido. Blackie tenía razón. Yo fui testigo y partícipe del asunto pero la dejé seguir con el cuento.
-¿Cómo que te amenazaron de muerte?- Preguntó Tiger escandalizado ¿Hiciste algo grave?-
-¡Mirá! Ya estaba oscuro y yo conversaba en la vereda con las perras de la vecina. De pronto vimos venir un tipo en bicicleta haciendo unas piruetas de cordón a cordón. En cuanto pasó al lado nuestro le hicimos una corrida ladrando y el hombre, en vez de seguir sin darnos importancia como hacen todos, empezó a gritar como loco, frenó y al querer pisar en el asfalto se cayó de culo-
-¿Estaría enfermo?- Preguntó Tiger
-¡Dejame terminar a mí!- Le dije a Blackie –Ya te tengo dicho que eso que hacen no está bien y que si te agarró te voy a dar una buena soba. Anoche yo también sentí los gritos y por eso salí a ver que pasaba. El hombre no estaba enfermo. Estaba completamente en pedo y por eso se cayó-
-¿En pedo?
-¡Sí! ¡Lleno de alcohol! En cuanto me vio, la señaló a Blackie y con la lengua dura como madera dijo:
¡Esa perra se va a morir pronto! ¡Le voy a pedir un fusil al ejército y le voy a meter un cuetazo!-
-¿Será verdad?- Preguntó Blackie temblando.
-¡Cómo no! ¡Si seguís ladrando a los ciclistas sos boleta!-
La perra escondió la cara entre las manos y yo seguí tomando mate tranquilamente. Ojalá escarmiente, aunque la amenaza haya sido un poco exagerada.


viernes, 24 de noviembre de 2017

El pueblo y el tiempo


Este es un tema del que ya les he contado otras veces, pero cada vez estoy más contento de vivir en un pueblo chico.
San Manuel tiene 7 cuadras de largo por 4 de ancho, más algunas quintas “del otro lado de las vías”. Aquí vivimos alrededor de 1500 personas así que nos conocemos todos. Además, los más antiguos saben de parentescos hasta dos o tres generaciones atrás. El paisaje, al estar metidos en medio del cordón serrano de Tandilia, es tremendamente bonito. Y por si esto fuera poco, hay unos lugares fantásticos para visitar en estas sierras.
Pero una de las cosas que más me entusiasma, es que no se pierde tanto tiempo como en las ciudades.
Acá no hay que hacer colas para ningún trámite. Todo se hace rapidito y en medio de saludos y charlas con los vecinos. Se estaciona en cualquier lado, siempre frente al negocio o la casa que uno va a visitar. Y gratis. Cuando salimos a trabajar al campo, no recorremos más de tres o cuatro cuadras, y ya estamos en el camino vecinal que nos lleva a donde queremos.
La vida es así, fácil, simple y segura, porque no se si les comenté que no hay inseguridad. Las bicicletas de los chicos quedan tiradas en la calle toda la noche y ahí están al otro día, la mayoría de las casas quedan con las puertas sin llave, los cordeles llenos de ropa al alcance de cualquiera, y a muchos vehículos los dejan abiertos y con los papeles en la guantera. Algunos lugares tienen rejas, pero las han puesto como adorno o para que no se escapen los perros.
Los que trabajan en el pueblo, salen de sus casas cinco minutos antes y llegan sobrados.
Entonces queda tiempo para leer, escribir, hacer huertas enormes, caminar o salir a correr, juntarse a tomar mate o comer algún asado, hacer teatro y tantas cosas buenas más.

Siempre haciendo cálculos que me divierten, pensaba que un pueblerino pierde en promedio dos horas menos al día que un habitante de la ciudad, lo que representa 30 días al año ganados para la vida. Impresionante ¿Nó?

martes, 31 de octubre de 2017

Vida de perro

Un caso raro fue el de Adrián Delgado. Entró a trabajar en “Los Eucaliptus”, cerca de Licenciado Matienzo, después que lo despidieron a Ramón “Cañita” Quintana, un pobre gaucho que parece que quiso abusar de la cocinera.
Adrián era muy amigo de Ramón, así que a los pocos días se encontraron en el boliche de Miguel, y entre copa y copa, Ramón le contó que la fulana, una mujer algo mayor pero sabrosa, con fama de adivina y curandera y de nombre Hortensia Cuevas, lo había querido engualichar. Como andaba enamorada del chico, le puso unas bombachas perfumadas debajo de la almohada, capaces de poner en llamas a cualquiera. Cuando Ramón encontró el regalito, se encaró enojado con la mujer, y esta no tuvo mejor idea que empezar a quejarse y a gritar que la estaban queriendo violar. Ese mismo día lo echaron del trabajo.
-¡Estará resentido!- Pensó Adrián, mientras volvía para la estancia a caballo, repasando el cuento del amigo.
Al día siguiente, picado por la curiosidad, esperó que los demás peones se retiraran del comedor para dormir la siesta y se fue hasta la cocina, donde Hortensia lavaba la pila de platos. Debajo de la mesada, dormía Cocinero, un perro amarillo y regalón.
En cuanto Adrián empezó con las preguntas, Hortensia se puso furiosa y le dijo que se dejara de molestar, pero el muchacho, juguetón, siguió chanceando, hasta que de pronto, la tipa agarró una especie de tenedor largo y apuntando a la cara de Adrián, empezó a recitar cosas en voz baja, mientras los ojos se le saltaban de las órbitas y parecía que largaban chispas.
El asunto fue que por la enorme magia de la bruja, el espíritu de Adrián se mudó al cuerpo de Cocinero, el perro gordo. Y empezó la vida de Adrián como perro. Al principio le costó. Sobre todo caminar y correr en cuatro patas, pero el resto no fue tan malo. Comía todo el día. No trabajaba nada y pronto se hizo famoso entre la peonada porque cuando jugaban al truco, sabía pasar las señas del as de espadas y el de bastos, al jugador al que quería ayudar, con lo que se ganaba raciones extra de dulces y golosinas.
Pero todo tiene un final. Un día cayó de visita a la estancia una de las hijas de Hortensia, casada con un milico más malo que la peste. Esa tarde, la chica estaba bañándose toda desnuda en el tanquecito de atrás de la casa, y justo pasó el Cocinero en camino hacia la manga. En cuanto la muchacha lo vio, pegó un alarido tremendo y tapándose malamente las vergüenzas, llamó a su marido el milico, diciéndole que un hombre la estaba espiando. Es que ella tenía los mismos poderes que la madre, y se dio cuenta enseguida que eso no era un  perro, sino un hombre transformado.
El milico cazó al Cocinero del cogote y teniéndolo en alto, aguantó con los ojos cerrados mientras su mujer deshacía el conjuro y el espíritu de Adrián volvía a su propio cuerpo, en una cama del hospitalito, donde lo habían internado por un estado comatoso inexplicable, casi seis meses atrás.

Esta historia anda contando el muchacho desde entonces, pero nadie le cree. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Los Deberes Humanos

Está bien. Se entiende que se reclame por los derechos humanos. Pero hay veces que parece un exceso. Se invocan los derechos humanos de las víctimas de la dictadura, los de los delincuentes que sufrieron una mala crianza, los de los mapuches, los de los sindicalistas, los de los funcionarios K, los de los chicos que toman colegios, los de los piqueteros y cortadores de calles y la lista sigue indefinidamente.
Pero no hay contrapeso. Debería machacarse en la cabeza de los argentinos que también existen los “Deberes humanos”.
Los ciudadanos deben respetar la ley sin contemplaciones; los chicos deben estudiar y cumplir las normas de los colegios y universidades; los trabajadores deben trabajar incansablemente, tratando de hacer las cosas lo mejor posible; los políticos deben servir a la ciudadanía, sabiendo que su paso por la función pública es fugaz y solo les devolverá fatigas y disgustos, jamás dinero mal habido; los periodistas deben decir siempre la verdad, sin transformarse en operadores políticos; las fuerzas de seguridad deben cuidarnos y ser respetadas y dignas de admiración.
Es fácil. Es simple. No robar, no mentir, no levantar falsos testimonios, no matar fiscales, no molestar a los que trabajan con marchas y cortes, servir los servidores, trabajar los trabajadores y estudiar los estudiantes.

¿Y si empezamos a preocuparnos por los DEBERES HUMANOS? 

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuidado con la lectura


En estos últimos tres días ando cansado. Con el cuerpo dolorido de tanto hacer fuerza y correr y trepar alambrados durante todo el día. Pero no es que esté enfermo, por suerte. Lo que pasa es que el e-book que tengo desde hace un año, me está dejando sin el buen descanso que me hace recuperar fuerzas con algunas pocas horas de sueño.
En cuanto lo compré, mi hermana me descargó más de 900 libros excelentes y no puedo parar de leer. Ahora estoy terminando una trilogía de Santiago Posteguillo. Los leí en un mal orden, pero casi fue una suerte, porque ya voy por el tercero y último, “Las legiones malditas”, que termina que la tremenda batalla de Zama, en el año 202 A.C., donde el joven procónsul romano Publio Cornelio Escipión, acaba por derrotar, allá en el norte de África, al que todos tenían por invencible, el magnífico general cartaginés Aníbal Barca. Pero la descripción de esa batalla, con la primera carga de los ochenta elefantes de guerra, la lucha tremenda de la infantería con sus distintas legiones y la decisiva entrada de la caballería romana al centro del campo inundado de sangre, tripas, heridos y muertos es tan fantástica, que cualquier “persona humana” (como diría un gaucho conocido) se trastorna.
Entonces no puedo parar. A la noche leo hasta después de las 11, me levanto como todos los días a las 5 y media y, después de almorzar, cuando podría tener un sueñito reparador, vuelvo a las historias de los legionarios y los guerreros púnicos y se me hace el tiempo de volver a salir al campo ¡Y así no hay cuerpo que aguante! ¡Ya lo tengo pensado! En cuanto termine este último libro me voy a tomar una semana sin lectura para recuperarme.
Se los recomiendo: El primero es “Africanus: El hijo del cónsul”, el segundo “Las legiones malditas” y el tercero “La traición de Roma”. Por las dudas traten de encararlos en momentos de poco trabajo o mejor, cuando estén de vacaciones.



domingo, 17 de septiembre de 2017

Sencillito

El Rulo Leguizamón se inclinó sobre la cruz de su caballo overo. Siguió algunos metros agarrado de las riendas, más por instinto que por otra cosa. El animal, tal vez sintiendo algo raro, de a poco se fue quedando quieto, en el medio del inmenso potrero de ochocientas hectáreas de faldeo de sierras, muy cerca de San Manuel.
Así, de a poco, el cuerpo grandote y bruto de Rulo, se fue deslizando hasta quedar tirado boca arriba sobre el pajonal. El caballo se retiró dos pasos como para darle lugar, y se paró curioso, mirando a su compañero caído.
Rulo se sentía bien. Su cabeza ahora estaba despejada, después de la oscuridad que se le hizo en el momento de más dolor. Hasta pensó en fumar pero no pudo mover los brazos: ¡Mejor! Pensó ¡A ver si armo un incendio y me terminan echando! La idea le pareció divertida y una pequeña mueca, casi sonrisa, le iluminó la cara áspera y curtida.
¡Voy a esperar! Seguro que en cuanto vean que tardo, van a salir a buscarme. Miró su overo. Un caballo como pocos. Lo consiguió más de veinte años atrás, cuando era un potro que prometía, cambiándolo por seis terneros guachos. Los recuerdos se le atropellaban en la cabeza. El día que entró a trabajar en la estancia. Las charlas y risas con Roberto y Juancho, sus dos grandes compañeros y amigos. La primera vez que vio a Palmira en la veterinaria. Ella estaba comprando antibióticos para unos chanchos de su papá. En cuanto lo miró, quedó fulminado para siempre por sus grandes ojos negros. Al tiempo se casaron y nacieron los tres chicos. La luz de sus ojos. Ramoncito y Abel, tan camperos y buenos paisanos y Lucía, la chiquita. Intentó mover una pierna. sintiendo que ella aún jugaba al caballito en su rodilla. Cuando murió Palmira, junto con un pedazo de su corazón, lloró como nunca lo había hecho desde que, siendo muy chico, se quebrara la pierna al caerse del enorme eucaliptus. Se puso a hacer cuentas, pero no se acordó de más de tres o cuatro visitas al médico. Siempre con fuerzas, siempre con ganas de salir adelante. Con fríos machazos, lluvias, granizos, temporales de viento y sequías que rajaban la tierra. Siempre el Rulo. Cuidando vacas, arreglando alambres, manteniendo aguadas y molinos, punteando esas quintas enormes que le daban verdura a toda la familia…
¡Otra vez el dolor! ¡La pucha! ¿Qué será? ¡Y bueno! Voy a tener que ir al médico nomás ¿Por qué no me podré mover? Le voy a pedir a Lucía que me prepare la ropa de salir y esta tarde nos vamos al pueblo para que me revisen ¡Justo hoy que tenía que carnear los dos corderos para el domingo! Los voy a dejar a los chicos. Ya están baqueanos. De última no festejo nada. Ellos insisten con que sesenta no se cumplen todos los días ¡Ya está! ¡Ya pasó! No me duele nada. Mejor voy a dormir un ratito hasta que me encuentren.
Los caranchos empezaron su trabajo casi una hora después. Primero los ojos. Pero ya Rulo estaba muerto.   


viernes, 1 de septiembre de 2017

Tiger y el desaparecido

Me levanté temprano como siempre y me vine a la veterinaria. Cargué la lata con la comida para mi gato, pero no arrancamos como siempre. Nunca hablamos a estas horas, pero hoy algo cambió. Mientras la pequeña bestia se refregaba contra mis piernas esperando su ración, le dije:  
-¡Escucháme Tiger! Sentate ahí quietito y si querés comé, pero escuchá lo que te voy a decir. No me interrumpas porque te lo voy a largar de corrido. Tengo un nudo en la garganta y si no lo deshago no me voy a poder ir a trabajar tranquilo-
El gato me miró sorprendido, pero entendió que la cosa venía en serio.
-¿Qué pasa Jorge? ¿Andás complicado con el trabajo? ¿Estás enfermo?-
-¡No! ¡Por suerte no es nada de eso! Pero quería decirte que estoy podrido de prender la radio o la tele, y que sigan molestando con el caso de este loco que están buscando.
No me importa un pito lo que le pasó. No se quién es. Pero si se que estaba rompiendo las bolas en las rutas del sur, con una banda de delincuentes que no paran de hacer cagadas. Y si hacen cosas fuera de la ley, que se aguanten lo que les pueda pasar sin hacerse los mártires.
Pero más me calientan los oportunistas que han montado semejante despliegue de estupideces diarias. Declaraciones, intervenciones en los colegios, marchas, fotitos patéticas y mil cosas más. Ya sabemos quiénes son. Son los mismos que se imaginaron a nuestro presidente abandonando de apuro su mandato.
Por suerte son una minoría ruidosa. Somos más los que le damos al asunto la importancia que tiene: ¡Nada más grave que las miles de cosas que han hecho esos mismos caraduras que reclaman!-
Paré de hablar. Tiger me miraba con un grano de alimento en la boca. Lo miré. El tipo estaba serio y concentrado, pero entendí que mi discursito no le había movido ni un pelo del bigote.
-¡No te calentés!- Me dijo por fin –¡Tal vez el tiempo, y todos los que están podridos como vos de tanta basura, pondrán las cosas en su lugar!-
No hablamos más, pero me fui a trabajar tranquilo pensando en lo astuto que es mi gato Tiger.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Cuando se quiere se puede





El temporal duró dos días. Cayeron entre 70 y 90 mm de agua y hubo granizo y fuertes vientos. Ayer, Perico Robledo me llamó porque tenía una vaquillona que no podía parir. Lo grave fue que él no podía salir del campo para venir a buscarme, y yo no podía llegar hasta allá en mi camioneta, porque las calles estaban intransitables.
Me quedé trabajando en la veterinaria preocupado con el asunto hasta que, alrededor de las cinco de la tarde, apareció Perico. Me contó que lo habían sacado de tiro con un tractor hasta una parte en que el camino está entoscado, y después dio una vuelta enorme hasta que pisó la ruta y se vino a San Manuel.
En el momento pensé que venía a buscarme, pero la sorpresa fue que en la caja de su camioneta traía la parturienta.

Enseguida buscamos un galpón porque llovía torrencialmente, descargamos la paciente y le hicimos una bonita cesárea. 

martes, 29 de agosto de 2017

Una yegua generosa



Llegué temprano a "Los Ceibos". Me recibió el encargado entre asustado y amargado.
-¡Seis se murieron Jorge! ¡Seis vacas de las mejores! Si no pierdo el trabajo con esto no se lo que le digo-
-¡No se ponga mal Don Alberto! ¡Vamos a ver que es lo que pasó!- 
En un rato recorrimos el lote de vacas en parición, e hice la necropsia a dos de las finaditas, mientras el pobre hombre me llenaba de información.
-¡Esto es hipomagnesemia!- Sentencié finalmente -Este problema se está dando en la mayoría de los campos de la zona-
Ya de vuelta en la casa, le expliqué todo lo que había que hacer para prevenir mas muertes y nos pusimos a hablar sobre los seis terneros que habían quedado huerfanos al morirse sus madres.
Detrás nuestro estaba la yegua Morenita, escuchando con atención. De pronto dijo:
-¡Perdón que me meta! Si Don Alberto quiere, yo me puedo hacer cargo de uno de los pichones. Hace tiempo que tengo ganas de ser madre-
A pesar de mi desconfianza, el hombre le acercó uno de los guachitos para ver que pasaba ¡Y en ese mismo momento, Morenita lo adoptó como hijo.
A la semana, Don Alberto me hizo llegar las fotos que se ven mas arriba y me contó que, increíblemente, a la buena yegua le había bajado la leche.
¡Cosas que pasan en el campo!  

martes, 8 de agosto de 2017

Un caso sencillo

Ayer llovía torrencialmente. Imposible salir al campo, así que estaba de “oficinista” en la veterinaria, haciendo informes y planillas.
En mitad de la tarde, se presentó la señora Morena, muy compungida, para pedirme que fuera a ver un perro a su casa.
-¡No hay problema Morena!- Le dije cortésmente, aunque la idea de salir en medio del temporal no me entusiasmaba demasiado.
-¡Sí hay problema Jorge! El perro que quiero que veas no es Mosquito, el mío. Quiero que veas un callejero que va todas las noches a comer a mi casa y duerme en el galpón. Si luego aparece, voy a tratar de tenerlo atado para mañana-
-¡Bárbaro! ¿Y qué le han notado de raro? ¿Está enfermo?-
-¡No! Tiene la manito derecha terriblemente hinchada. Me dijo un hombre del campo que sabe mucho, que ese perro debe estar quebrado-
-¡Listo! Mañana nos vemos y voy a tratar de arreglarlo-
Hoy preparé todos los elementos para atender al candidato, previendo una fractura, y me fui hasta la casa. Me estaban esperando con el animal atado. Se trataba de un enorme Collie, bien peludo, que lucía tristón y dolorido. Su manito derecha, desde la mitad de su largo, hasta las uñas, tenía tres o cuatro veces más tamaño que la izquierda, y los dedos, enormes, estaban tan separados que parecía la garra de un puma.

El perrito se entregó sumiso a la revisación. Pronto noté que no había fractura, pero no me daba cuenta del motivo de semejante inflamación. Hasta que de pronto, levantando el pelo, note algo enredado alrededor del miembro. Era una bandita elástica que algún gracioso le habrá puesto al perro, seguramente para divertirse, sin darse cuenta del enorme daño que le hacía. El trámite no fue más que sacarla y aplicar un antiinflamatorio. La señora Morena me miraba entre enojada con el bromista y aliviada por ver que el caso se había resuelto tan fácil. Yo me volví a la veterinaria lamentando no haber sacado alguna foto para ilustrar esta nota. 

sábado, 29 de julio de 2017

Hablando con Margot


Será porque hubo dos o tres días de sol. La cuestión es que ayer fui a buscar unas naranjas al árbol del fondo, y allí andaba nuestra tortuga Margot, comiendo el pasto fresco.
-¿Cómo estás Margot?- Le pregunte mientras cargaba la canasta con los cítricos.
-¡Acá estoy! ¡Con hambre! Pero se que esto solo va a durar unas días y que recién me voy a poder poner en actividad cuando llegue la primavera-
Mi amiga habla tan lento, que mientras decía estas pocas palabras, yo completé la canasta.
-¿Y qué novedades tenés Jorge?-
-¡No muchas Margot! El clima no acompaña, pero sin embargo, andamos tapados de trabajo como siempre. Todos estamos con buena salud y pronto tendremos elecciones-
-¿Elecciones? ¿De qué?-
-Por ahora no se elige nada. Esto es un invento llamado PASO, donde habría que hacer elecciones internas en cada partido. Pero no va a pasar. Cada agrupación va con una sola lista, así que solo será una especie de encuesta gigante-
-¡Digo yo! Ustedes los argentinos no están muy bien ¿Nó? ¿Van a poner en marcha todo un país, con los gastos y contratiempos que se ocasionan, solo para hacer una encuesta?-
-¡Y sí! ¡Pero en octubre vamos a votar en serio!-
-¡Menos mal! ¡Está bueno eso de ir votando cada tanto!- Reflexiono nuestra linda tortuga –Así el país se va limpiando de gente indeseable ¡A propósito! Me imagino que mientras dormía, habrán metido presos a esos ladrones que vos sabés-
La miré a Margot y no supe que decir. Tampoco es cuestión de desilusionarla.


jueves, 13 de julio de 2017

Un tratado y un compendio

La plaza de San Manuel

Una ciudad es un tratado. Un pueblo es un compendio. Hablando de textos, un tratado es aquel libro donde cada tema es explicado hasta en sus menores detalles. Allí está todo el conocimiento posible sobre un tema, mientras que un compendio es algo así como un resumen, donde no falta ninguna de las ideas principales.
Me gusta vivir en un compendio.
En las treinta manzanas de San Manuel encontramos resumidas las virtudes y defectos de las ciudades. Una casa deslumbrante a una cuadra del ranchito humilde pero digno. El auto de alta gama estacionado en la panadería, detrás del destartalado R12. El tipo más fanfarrón y presumido, haciendo cola en el banco con el esquilador chupandín y algo mugriento.
Es verdad que faltan algunas cosas. Un gran cine o un teatro con un escenario bueno. O las tiendas de grandes marcas que deslumbran en las ciudades, pero también faltan la inseguridad, las colas para cualquier trámite, el apuro, el aire contaminado, la intolerancia y el desprecio hacia los vecinos, los embotellamientos de tránsito, los piquetes, y tantas otras porquerías que más vale perderlas que encontrarlas.

Creo que el futuro son las comunidades chicas. 

martes, 11 de julio de 2017

De gatos y ratones

Esta mañana crucé el patio desde la casa hasta la veterinaria, rompiendo la escarcha del pasto al caminar. Una helada bruta cubría todo. Apenas prendí la luz apareció Tiger a pedir su ración.
-¡A vos te quería ver!- Le dije después de saludarlo y ponerle el alimento en su platito.
Tomando grandes bocados con avidez, porque el frío le había aumentado el apetito, me preguntó:
-¿Y para qué me querías ver Jorge?-
-¡Tengo una duda!- Y seguí hablando para no cortarle el mastique –En tu mundo gatuno, cuando un animal tiene cuatro patas, cola y pelaje de ratón, olor y movimientos de ratón, vive en cuevas de ratón, hace cagadas de ratón y se aparea con ratonas ¿Qué es?-
Levantó la cabeza, dejo de comer y me miró -¡Un ratón!-
-¿Y vos que hacés con ese animal?-
-¡Me lo como!-
-¡Ahí tenés!- Respondí aliviado -¡Eso es hacer las cosas simples y bien!-
-¿Por qué? ¿Ustedes los humanos no hacen lo mismo?-
-¡No! Acá en Argentina las personas pueden estar negras como la noche, pero no hay manera de atraparlas ¡Y además! Hay otras muchas personas que afirman que son unos soles-
-¡Pobres argentinos!- Dijo Tiger y siguió comiendo.


domingo, 9 de julio de 2017

Domingo de parto


El domingo pintaba para la famosa “come y duerme”, actividad especial para los días de lluvia, o cuando los caminos están intransitables por el barro. Me levanté temprano, preparé el mate y me dispuse a leer cosas atrasadas y escribir varios informes. Pero en época de parición las sorpresas siempre se presentan.
Alrededor de las nueve, me llamaron porque una vaquillona no podía parir cerca de La Numancia, un paraje que está a más de 30 kilómetros del pueblo, y al que se llega por un camino entre las sierras. Me puse la ropa de trabajo, cargué todos los elementos y salí silbando bajito.
Cuando llegué, me encontré con un cuadro desalentador. La parturienta estaba suelta en el potrero y solo había un muchachito sin experiencia dispuesto a ayudarme. Junté coraje, llevé al animal hasta un rincón arreándolo con la camioneta, bajé despacio para que no se moviera y después de revolear con cuidado, alcancé a enlazarla limpiamente. La até en un poste, la voltee y me puse a trabajar para acomodar el ternero que venía con la cabeza desviada hacia atrás. De pronto, entre pujo y pujo, la vaquillona me dijo:
-¡Que manga de inútiles hay en este campo dotor!-
Al principio me sorprendí, pero enseguida me di cuenta que la pobre estaba con ganas de desahogarse -¿Por qué lo decís morocha?
-Porque somos 120 compañeras que estamos preñadas y de las primeras 25 o 30 que parieron, estos tipos no pudieron ayudar a ninguna. Se murieron 7 terneros y 2 hermanas mías ¿No le parece una barbaridad dotor?-
-¿Cómo puede ser? ¿Y por qué no me llamaron antes?-
-¡Porque dicen que el pobre pibe este que lo está mirando se tiene que arreglar solo! Y la verdad es que no sabe ni donde tiene la cabeza, pero hoy, cuando me encontró a mí, con mi hijo atravesado, llamó a los jefes y les dijo que si no mandaban al veterinario, él se iba del campo… ¡Por eso lo llamaron!-
En un último tirón acomodé el ternero y pudimos sacarlo sin mucho esfuerzo.
Después de lavarme y al tenderle la mano para despedirme, Martín, que así se llama el chico, mi miró contento y pidió mi número de teléfono.
-¡Gracias Doctor! ¡No sabe la bronca que me da que se me mueran terneros y vaquillonas por no poder parir! En la próxima lo llamo directamente y que salga pato o gallareta.
-¡Nos vemos Martín!-
-¡Chau doctor!


  

jueves, 29 de junio de 2017

Cirujano aficionado

Así encontramos a la criatura intervenida por Miguel

Por suerte pudimos arreglar el asunto

-¿Pero porqué lo cortaste Miguel?- Le pregunté al muchacho cuando vi al pobre ternero con sus tripitas afuera.
-¡Es que pensé que era un quiste con pus! Y ya que lo dejaba capado y señalado, calculé que lo mejor era operarle también ese bulto- Contestó, muy gracioso, el mensual encargado de atender el rodeo de vaquillonas en parición.
Miguel trabaja en la Estancia El Picaflor y allí van castrando los terneritos apenas nacen. Los toman en el potrero y les hacen la pequeña cirugía y ya los dejan señalados, con lo que logran que, al finalizar la parición, todos los machos estén castrados y contados. Es un buen sistema.
En este caso, el voluntarioso personaje se pasó de comedido y extendió su arte a la hernia umbilical del neonato, pero cuando vio que se le salía el intestino, me llamó enseguida para tratar de arreglarlo.

Por suerte todo se hizo bien rápido y el día, no demasiado frío, ayudo para que la víctima pudiera salvarse ¡Eso sí! Le deje a Miguel la recomendación de que limite sus operaciones a los testículos y el resto me lo deje a mí. 

viernes, 16 de junio de 2017

Parto con lluvia


Hoy no amaneció feo. Amaneció asqueroso. Todo mojado por una mezcla de niebla y llovizna. Presión altísima y calor, anunciando alguna catástrofe climática, cosa que ya gritaban ayer las hormigas negras del jardín mientras yo cortaba el pasto, trotando frenéticas con cuanta comida podían acarrear. Al rato nomás se descargó el primer aguacero.
¡Qué bueno! Pensé. Tengo toda la mañana para dedicarme a poner en orden los papeles en la veterinaria.
Pero cerca de las diez de la mañana, me llamó Roberto para avisarme que tenía una vaquillona que no podía parir:
-¿Podrás venir? Me parece que el ternero tiene la cabeza para atrás, le metí la mano y no toco nada-
-¡Si Roberto! Enseguida voy para allá y de paso aprovecho que el día está buenísimo para andar en el campo- Le dije, riendo para no llorar.
-¡Vamos dotorcito! ¡No se me achique! ¡Ah! ¡Otra cosa! La vaquillona se me empacó y no la pude llevar a la manga así que la dejé en el potrero.
Antes de salir me cambié con cuidado en la veterinaria, poniéndome todo el atuendo de partero, más el equipo impermeable y las infaltables botas de goma ¡Y salí nomás! El camino de tierra todavía estaba transitable, aunque bastante resbaloso. Pasé por la casa del campo a buscar a Roberto, y nos fuimos hasta el potrero, donde estaba esperándonos la parturienta.
El resto fue pura diversión. Enlazamos, volteamos y maneamos la vaquita, y pronto supe que el ternero venía de patas y por eso Roberto no había tocado la cabeza. Lo acomodé para que encajara su caderita en la de la madre y lo sacamos, ayudándonos con un aparejo para hacer fuerza. El tipo, un machito, estaba medio ahogado pero vivo, así que después de alguna asistencia agarró mecha y empezó con los intentos de pararse.

A la vuelta, nos entretuvimos un rato largo tomando mate y charlando en la casa, mientras la lluvia seguía cayendo incansable.  

jueves, 15 de junio de 2017

Vida retirada

“Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda, por donde han ido, los pocos sabios que en el mundo han sido”… dice, al comenzar la Oda a la vida retirada, Fray Luis de León. Lo notable es que esto fue escrito en el siglo XVI, cuando no había electricidad, ni empleo de combustibles fósiles, ni vehículos automotores, ni gas natural. Entonces, ¿Cuáles eran las cosas de la vida en las ciudades que agobiaban al fraile?         En esos tiempos, la actividad física era imprescindible. Casi todos los trabajos eran manuales y demandaban notables esfuerzos. No había llegado la era industrial al mundo, y todos los objetos de uso cotidiano se elaboraban artesanalmente. La agricultura y la ganadería eran trabajos de hormiga. Los viajes se hacían a pie o a caballo. Pocos privilegiados disponían de carruajes más cómodos. Hasta las guerras eran artesanales y los combates se hacían cuerpo a cuerpo con armas blancas. Tal vez por eso la obesidad no era una epidemia mundial y estaba reservada a clérigos sedentarios o funcionarios ricos. También se vivía menos tiempo. El agobio de esos rigores y la falta de medicinas para aliviar casi cualquier dolencia, hacían que vivir más de cincuenta años fuera un premio.
No nos imaginamos cuales serían las cosas que Fray Luis Beltrán veía tan distintas en las ciudades. Tal vez fueran los olores insoportables que despedían los excrementos y la orina humanas, arrojados a las calles desde cualquier hogar, sumados a la bosta de caballos y perros, que solían fundirse en barros pestilentes los días de lluvia. O tal vez le molestara la promiscuidad y la violencia que se mostraban en cualquier rincón. La prostitución, invento viejo, era cosa natural, y las peleas a muerte también. El orden se imponía a palos y la autoridad era la que tocaba en suerte, ya que tampoco había leyes. Solo la voluntad del que mandaba.
Capaz que por eso era preferible la vida retirada en el campo, donde la naturaleza se presentaba menos hostil para un hombre de reflexión.

En nuestros días, las diferencias todavía siguen estando. La vida en las ciudades se ha vuelto más blanda. Ya no se requieren enormes esfuerzos físicos, pero sigue habiendo violencia, prostitución y malestar generalizados. Hay exceso de vehículos. Autos, micros, camiones, trenes y aviones que se enredan en todos lados. No se ve el cielo. Ni las estrellas, ni la luna. En las ciudades solo es posible saber en que cuarto de luna se vive, por las hojas del almanaque,  mientras que en los pueblos o en el campo, todavía hay un contacto más estrecho con la naturaleza, que es la mejor maestra de vida. Aún se anda a caballo o a pie. Se vive rodeado de animales salvajes. Aves, reptiles y mamíferos. Tenemos todo el cielo limpio para admirar y el aire purísimo. Hay menos gente y menos máquinas; y finalmente, se pierde menos tiempo que en las ciudades. Si se calcularan las horas que se desperdician al día en nuestras grandes urbes en viajes al trabajo, colas interminables para todo y tiempo frente a pantallas y dispositivos, veríamos que el porcentaje de actividad provechosa es muy escaso. Estos valores se invierten en los pueblos o en los campos. En ellos podemos hacer buenas huertas, criar animales, caminar alegremente por las sierras, escribir cartas y poemas, dedicarnos al teatro o el baile. Y todo sin apuro. Me gusta el pueblo.